Ya a en la antigüedad, babilonios, egipcios, griegos y romanos elaboraban jabón hirviendo grasas animales con cenizas de leña y agua. Se cree que esta práctica fue importada en Europa en el siglo VI aC por los fenicios, pueblo de mercaderes que utilizaba el jabón para lavar los tejidos con los que comerciaba.

No obstante, el uso del jabón para la higiene personal no queda documentado hasta que así lo menciona el famoso médico Galeno en el siglo II dC. Galeno también indica que el uso del jabón tenía un efecto sanador en algunas enfermedades de la piel. Plinio el Viejo, en sus textos de historia (77 dC), escribió que los galos elaboraban jabón con la grasa de las cabras y la ceniza del haya (potasa), y lo utilizaban como tinte y ungüento para los cabellos. Pese a que se piense lo contrario, durante la Edad Media la fabricación y el uso del jabón estaban muy extendidos (especialmente entre las clases acomodadas).

España era el principal productor de jabón en el siglo IX, y más tarde la siguieron Marsella, Génova, Venecia y Savona, gracias a su abundancia de aceite y sosa. Fue a finales de la Edad Media cuando el uso del jabón declina y la gente prefiere ocultar los olores con perfumes en lugar de lavarse. Hasta el siglo XIX no volverá a utilizarse de forma habitual el jabón para la higiene personal.

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